Expedición


A Itzel Saucedo
El explorador lucha entre la selvática espesura gramatical. Limpia el sudor en su frente. Aparta los frondosos sustantivos con sus manos laceradas. Tropieza con las raíces de los altos verbos. El follaje de los adverbios no deja pasar la luz del sol. No ha probado agua, sólo el rocío en las hojas de los adjetivos es capaz de darle la humedad requerida. En su camino pisa un gerundio que le embarra la bota. Su fuerza se agota hasta que, al pie de la colina, la encuentra sugerida bajo la maleza.
–¡La legendaria pirámide del cuento!–, dice asombrado. Y al escuchar el ritmo de un tambor, cae flechado por el hambre caníbal de la crítica.

El marqués y la sádica


–¡Hagamos el 69! –ordenó enérgico.
–No –respondió tranquila la mujerzuela–, para ti prefiero el 61.
Lo decapitó y le hizo el amor.

Zapatillas rojas


A Mónica Lavín
A medio bulevar, Rigo patea unas zapatillas iluminadas por el alba.
–Órale Babas, regálaselas a tu hermana; que se las ponga cuando me lleves a tu casa.
–Llévaselas a tu madre, cabrón, para que ya no ande descalza.
–Ya cállense. Eso es basura, como todas las mujeres –grita Max y azota la cerveza. Las astillas espumosas vuelan.
Ellos agachan la cabeza y guardan las manos en el bolsillo. Max mira las zapatillas. En la mente, acaricia su imagen caminando sobre esos tacones carmesí.

Premisa


“La clave del éxito es la preparación” era la frase con que su padre la obsesionó en la infancia. Ella estudió licenciatura, maestría y doctorado. Idiomas, diplomados y cursos al extranjero fueron el complemento; pero nadie la contrató. En cada entrevista de trabajo, causaba mala impresión el tanque de oxígeno que le prescribió el geriatra.